EL
AMOR DEL VIRACOCHA
Por Andrés Molina Londoño, 2026
Cuentan quienes han oído las historias de los mares que, mucho antes de
que nuestros padres pescaran en sus profundidades, los peces tenían alas en sus
espaldas y volaban sobre las aguas agitadas por los vientos y su propio enojo.
Relatan que estos peces alados respiraban un aire pesado y que las plumas de
sus alas les impedían realizar sus sueños; por ello, ansiaban liberarse de
aquel aire y de sus alas.
Cuentan quienes se adentran en el bosque para aprender de la sabiduría
de los árboles que estos, antes de que los hombres y las mujeres conocieran los
secretos para sanar, llevaban una vida solitaria y desconfiada. Caminaban con
una gran bolsa a sus espaldas donde guardaban sus frutos para no compartirlos
con nadie, incapaces de soltarla. Tenían la esperanza de alcanzar, algún día,
las estrellas del firmamento; se temían tanto entre ellos que nunca se veían
dos árboles juntos.
Cuentan quienes se han detenido a escuchar a las montañas que, mucho
tiempo antes de que nuestras madres sembraran la quinua, las cumbres
deambulaban por las extensas llanuras que no tenían fin ante sus ojos de roca.
Dicen que, cansadas de caminar día y noche, viendo atardeceres y amaneceres y
deseando abandonar su itinerancia, rompieron a llorar quinua.
Narran que, en aquellos tiempos cuando los peces volaban, los árboles
desconfiaban y las montañas deambulaban, los hombres y las mujeres se
levantaron para alegrar al Viracocha, quien observaba con tristeza cómo sus
creaciones se perdían en el egoísmo y el cansancio.
Cuentan los que con calma reciben las lluvias que traen consigo tantas historias, que un día el gran Viracocha miro con ternura a los peces quienes con un esfuerzo amoroso se arrancaron las alas y dejándose caer sobre el mar embravecido, en un eterno silencio, decidieron ser libres, libres de verdad. Libres del aire, libres de sus alas.
Cuentan los que han visto el sol en lo alto cuando no hay esperanza, que el Viracocha sonrío con complicidad a cada árbol que fue encontrando y, con firmeza maternal y paciencia paternal, les fue reuniendo para contarles cómo había creado las estrellas en el firmamento. Cada noche se reunían los árboles quienes fueron dejando sus bolsas en el suelo, y estirando sus ramas al cielo buscaban tocar las estrellas que el padre Viracocha les había regalado. En este deseo plantaron sus raíces en tierra uno junto a otro y cada día crecían un poco más, se contaban sus experiencias y se entrelazaban sus ramas.
Cuentan los que escuchan el susurro del arroyo,
que el Viracocha un día soplo sobre las montañas y una tras otra, las montañas fueron cayendo en un profundo sueño. De sur
a norte, soñaban juntas. Cuando al fin todas quedaron reunidas en un mismo
sueño, se dejaron acariciar por la lluvia, que fue esparciendo en sus alturas
las quinuas lloradas.
Cuentan los locos —aquellos que aún se niegan a perder la memoria y que
todavía escuchan al Viracocha— que los hombres y las mujeres respiraron sin
sentir la vida; caminaron sin recoger la experiencia de la quinua y bebieron
del río, pero no aprendieron de su memoria. Deseaban ser libres, anhelaban la
inmensidad y el poseer.
Dicen que encontraron las alas que los peces habían dejado y, pensando
que así serían libres, se las pusieron. Cuentan que alzaron las bolsas
abandonadas por los árboles y, con las manos ocupadas, se olvidaron de sus
sueños, intercambiando miradas de desconfianza. Fue tanta la sospecha que
desearon otras tierras; aquellas mismas que dejaron de ver las montañas y que
eran su desdicha. Anhelaron poseerlas para no tener que vivir más junto al
otro.
Cuentan que el Viracocha no volvió a ver alegres a sus hijos e hijas.
Vio con tristeza cómo hombres de hierro, con signos en sus pechos y hablando
otra lengua, les quitaban sus alas, sus bolsas y sus tierras. Relatan que más
tristeza le dio saber que, desde aquel momento, el hombre y la mujer han
luchado por una libertad que no es la de ser hijos del Viracocha, sino esa
esperanza eterna de cargar bolsas sobre la espalda y poseer una tierra que
nunca fue suya, sino de quien la trabaja y la descansa.
Entradas anteriores en Archivo
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