Autor: Andres Molina Londoño, julio de 2026.
Abordar hoy la transformación de los
hombres en el mapa de las identidades contemporáneas exige situarnos de manera
directa en el ojo del huracán de la crisis de nuestro tiempo. No podemos
examinar el quehacer de los hombres que intentan deconstruir sus conductas y
transitar a la empatía y la ética relacional como si fuese una simple elección
de bienestar psicológico individual o un asunto aislado de las dinámicas
estructurales de América Latina. Nos encontramos ante un colapso
multidimensional del modelo moderno capitalista, colonial y patriarcal, una
densa encrucijada que depreda la naturaleza y precariza la vida social e
individual de las poblaciones periféricas.
Presento esta tesis que sostiene, en
sintonía con la policrisis civilizatoria que sacude a la región, la
deconstrucción afectiva del mandato de masculinidad violenta no solo como una
urgencia ética individual, sino como una práctica de resistencia política
indispensable que encuentra en las localías de las periferias sociales colombianas
su campo de batalla decisivo. Para edificar alternativas reales que pongan
freno a la destrucción del entorno natural, las soluciones que nos aportan la
ecología política, el pensamiento descolonial y la sociología crítica deben
aliarse con las re-existencias cotidianas de las juventudes marginadas, las
minorías sexuales, las comunidades campesinas y las organizaciones de mujeres
que defienden la vida en el territorio, entre muchos otros sectores del
progresismo social.
La policrisis
civilizatoria y la fragmentación del modelo extractivo
Para comprender la densidad del
colapso actual, la sociología crítica nos ofrece la categoría de
"policrisis civilizatoria", un concepto acuñado por Maristella Svampa
que diagnostica la convergencia destructiva de crisis climáticas, sanitarias y
sociales que amenazan la reproducción de lo viviente. Este panorama de
intemperie no es un evento coyuntural o pasajero, sino el resultado secular de
una economía capitalista estancada en una prolongada transición caótica hacia
su fase de agotamiento terminal. Edgardo Lander devela de manera contundente
cómo este modelo civilizatorio se ha edificado sobre dogmas antropocéntricos
que separan al ser humano de la naturaleza, concibiendo al entorno natural como
un mero objeto inerte susceptible de ser manipulado y expoliado en función del
lucro corporativo (Lander, 2020). En América Latina, esta lógica devino en un
modelo económico primario exportador basado en el extractivismo y la
dependencia de rentas procedentes de la destrucción de los bienes comunes
(Lander, 2020). Eduardo Gudynas advierte que este hipercrecimiento económico
vulnera de forma crónica las soberanías nacionales, naturalizando desigualdades
y reduciendo la política a un negocio de intereses corporativos privados.
Esta herida colonial, en sintonía
con las tesis de Aníbal Quijano, opera a través de la "colonialidad del
poder", un dispositivo de clasificación social basado en el constructo de
la raza que distribuye el trabajo, la autoridad y el conocimiento de manera
asimétrica para salvaguardar los privilegios de las élites dominantes (Ríos
Burga, 2022). De ahí que Rosario Aquím Chávez plantee que la crisis
contemporánea representa el retorno de contradicciones estructurales heredadas
de la colonia y reproducidas por el Estado moderno (Aquím Chávez, 2026). Al
privatizarse lo público y mercantilizarse el saber por medio de las facilidades
informáticas, el ciudadano queda reducido a un consumidor despolitizado.
Llegados a este punto, emerge una
interrogante analítica medular: ¿Por qué las clases populares deciden
respaldar discursos reaccionarios que perpetúan sus propias condiciones de
exclusión? La respuesta devela que el integrismo moral y los movimientos
anti-género manipulan el miedo colectivo ante la incertidumbre material,
fabricando pánicos morales en torno a amenazas imaginarias para obligar a las
masas a defender el orden establecido (Guerrero, 2022). De este modo, la
frustración socioeconómica de los sectores marginados es redirigida hacia el
resentimiento organizado contra las minorías sexo-genéricas o étnicas,
invisibilizando que el verdadero despojo proviene de la voraz maquinaria del
libre mercado neoliberal.
Masculinidades
militarizadas y necropolítica de las periferias
Las consecuencias de este engranaje
civilizatorio adquieren características de gran crueldad al encarnarse en los
cuerpos de los jóvenes que habitan los barrios populares y las periferias de
las ciudades colombianas, como el distrito de Aguablanca en Cali, Siloé o las
comunas marginales de Medellín. En estas geografías de exclusión, la
precariedad económica y la ausencia de amparo institucional facilitan que la
soberanía estatal mute hacia una gubernamentalidad necropolítica y
thanatopolítica (D'Cruz, 2026). Achille Mbembe devela que el poder
contemporáneo organiza sus formas de acumulación a través de la capacidad de
decidir quién debe vivir y quién debe morir, administrando de forma difusa el
terror y la precariedad en el territorio (Mbembe, 2011). Ante la erosión de la
potencia pública estatal, emergen "máquinas de guerra" no estatales y
milicias privadas armadas que imponen un orden señorial basado en la extorsión
y el peaje forzado, sumiendo a las poblaciones civiles en la condición material
de muertos vivientes (Mbembe, 2011).
Los hombres jóvenes de las
periferias sociales colombianas, despojados de alternativas reales de empleo
formal o educación superior, son socializados bajo un mandato de masculinidad
violenta y territorial que los empuja a incorporarse a estas organizaciones armadas
de facto como única vía para adquirir estatus y prestigio (Colectivo, 2021). El
conflicto armado en Colombia ha fungido históricamente como un potente
dispositivo que produce masculinidades militarizadas y patriarcales, donde el
arma refrenda un supuesto derecho de dominación sobre el entorno social
(Colectivo, 2021).
Frente a esta dramática realidad,
nos corresponde formular la siguiente interrogante: ¿Cómo operan las
soberanías fragmentadas en las porosidades de la vida civil de las barriadas
populares? Estas organizaciones armadas imponen manuales de convivencia e
introducen el orden violento circundante dentro del ámbito doméstico
habitacional. La virilidad se valida mediante el ejercicio de la crueldad
grupal y la sumisión coercitiva de las mujeres y las minorías sexuales del
barrio, quienes sufren el ataque de una homofobia y misoginia digital y física
permanente. Los cuerpos violentados de los varones no heteronormados son
simbólicamente feminizados antes del descarte físico, manteniendo a resguardo
la matriz heterosexual obligatoria a través del horror territorial (Colectivo,
2021).
Saberes ecosociales y
epistemologías del cuidado como prácticas de re-existencia
Frente a este sombrío panorama de
barbarie de facto, las respuestas que se están generando desde las localías
populares proponen quebrar el histórico pacto de silencio masculino corporativo
(Colectivo, 2021). La ecología política, la descolonización metodológica y la
sociología emancipadora aportan herramientas conceptuales indispensables para
potenciar las resistencias de las juventudes y las minorías excluidas. El
pensador indígena Ailton Krenak realiza una crítica radical al androcetrismo
occidental al recordarnos que la separación entre humanos y naturaleza nos está
dejando huérfanos de la Madre Tierra (von Wedemeyer, 2025). Krenak nos invita
de modo poético a valernos de nuestra capacidad crítica y creativa para
construir paracaídas de colores que posterguen el fin del mundo, expandiendo
nuestra subjetividad e inventando otras poéticas de la existencia colectiva
fuera de las lógicas del mercado financiero (von Wedemeyer, 2025).
En sintonía con estas
re-existencias, el pensamiento descolonial de María Galindo y las propuestas
transmodernas de Ríos Burga plantean la urgencia de construir una civilización
transcultural de vida fundamentada en la despatriarcalización y el cuidado mutuo
(Ríos Burga, 2022; von Wedemeyer, 2025). En las periferias de las ciudades
colombianas, este giro epistemológico se materializa a través del tránsito del
modelo extractivista tradicional hacia masculinidades cuidadoras,
corresponsables y regenerativas. El establecimiento de las Escuelas de Masculinidades
Cuidadoras en áreas rurales periurbanas de Bogotá, como Usme, enseña a hombres
campesinos a cuestionar la división sexual del trabajo, asumiendo de manera
activa las tareas domésticas y el sostenimiento afectivo de las ollas comunes
frente a la crisis alimentaria actual. Paralelamente, proyectos pedagógicos
desplegados en el Caribe y el Pacífico con el apoyo de redes comunitarias
capacitan a jóvenes indígenas y afrodescendientes para erradicar los
estereotipos machistas, defendiendo sus territorios ancestrales frente a las
presiones de la zafra despojadora ilegal.
Llegado este punto, resulta
necesario formular las últimas interrogantes del análisis: ¿Cómo deconstruir
categorías rígidas de la masculinidad y cuándo se rompe el pacto de silencio
entre hombres? Deconstruirse exige que el hombre de la periferia urbana o
rural rompa el mandato de la insensibilidad y empiece a hablar de sus propios
dolores y complicidades en la guerra (Colectivo, 2021). El silencio corporativo
se fractura cuando los hombres asumen de forma explícita que la violencia
intragénero (el acoso o el hostigamiento militar) también los vulnera y
precariza de por vida. La alternativa propositiva radica en estructurar una
corresponsabilidad real —renegociando la clave de la simple ayuda doméstica—
para transformar el cuidado en un acto de rebelión política colectiva que
devuelva la civilidad al corazón de las comunidades barriales periféricas.
En resumidas cuentas, la actual
crisis civilizatoria multidimensional no admite retrocesos cosméticos ni
justificaciones tecnocráticas mercantiles que dejen intactas las relaciones
coloniales y patriarcales de dominación del capital (Lander, 2020). La
deconstrucción de la masculinidad guerrera tradicional por parte de los hombres
jóvenes de los barrios populares y zonas rurales colombianas se devela como un
imperativo urgente para desactivar las pedagogías de la crueldad que sostienen
el despojo territorial y el descarte de los cuerpos periféricos. Al entrelazar
las soluciones de la ecología política con la decolonialidad de los saberes
situados, las juventudes marginadas y las minorías sexuales encuentran
herramientas emancipadoras para resistir el pánico moral neoconservador de las
derechas radicales. El cuidado recíproco y la defensa de lo viviente se
convierten así en las coordenadas reales para edificar un Estado plurinacional
que rompa el monopolio de la violencia y funde una paz estable transcultural en
el país.
Referencias
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